TEMPORADA II

CAPÍTULO I UNA CHARCA CASI VACÍA

TEMPORADA II CAPÍTULO I UNA CHARCA CASI VACÍA

Abanico en mano, de todos los calurosos veranos recordados en el valle por los más vetustos de la aldea, un sofoco como aquel, no se conocía en años, exclamaban muchos entre bufidos, en lo que se había convertido sin duda, en la única conversación de la zona. Apartados del bullicio en el estanque Esperanza, casi seco por la escasez de lluvia, aquella mañana, también se opinaba al respecto del asunto entre sus dos únicos huéspedes. El Sr Coco, una crecida y abandonada a su suerte tortuga de tienda de California, y, cómo no, la Sra. Sapicornia, que flotando panza arriba sobre una hoja, la escuchaba sin remedio en una conversación que unía con otra, en un interminable monólogo.      -¿No le parece extraño la poca afluencia de bestias en el estanque esta mañana Sra. Sapicornia? Con este insufrible bochorno, no me extraña que al Sr. Gatopardo de la cueva del Este, le diera un desmayo dos lunas atrás por el ahogo. Dicen, que tuvo fortuna por encontrarse cerca el doctor Comadreja que pasaba justo por ahí con su maletín de ungüentos milagrosos. Que, a un chasquido estuvo de la muerte. Hasta estrellitas dijo que se le aparecieron cuando pestañeaba- Narraba el Sr. Coco haciendo aspavientos asegurándose la atención de su amiga. 
     -Leo, el búho del tiempo, utiliza el término cambio climático como interpretación a estos días de fuego – prosiguió el Sr. Coco. -Y, se afirma en pronosticar, que vendrá infortunio en los próximos días. No sé dónde encontraremos refugio ni a qué santo nos encomendaremos. ¡La charca está casi vacía! ¡estamos condenados al fin! – Exclamaba como sacado de una obra dramática de Shakespeare en pleno acto. La Sra. Sapicornia, se mordió el labio con preocupación, al contemplar, la poco agua que llenaba un estanque cada vez más, y más marchito. ¿Estaría desapareciendo ella como la charca? Tragó saliva dirigiendo sus pensamientos lejos. Sacando de su bolsillo un artilugio que siempre la acompañaba, observaba todas las mañanas con el mismo entusiasmo al levantarse, aquel infalible aparato casero del tiempo. Esperando unas lluvias que reparasen el triste desastre que estaba ocasionando, aquella oleada seca de calor interminable, éste, no cambiaba por mucho que lo mirase.     -¿No cree usted Sr. Coco que deberíamos hacer algo? Quedarnos esperando el cambio es quizás resignarse-
    -Desde luego que sí, pero, ¿Qué sugiere querida? No podemos dibujar nubes para que se cree la magia, y descarguen su milagrosa agua sobre el valle-
     -¿Magia?… Quizás nos hemos olvidado completamente de eso, de la magia Sr. Coco… -dijo en voz alta la Sra. Sapicornia tocándose el cuerno de su frente, cerciorándose de que éste era físico.
     -Poca fe queda en este anciano cuerpo de tortuga . La que cree en unicornios es usted – 

Un largo silencio se apropió del momento, y sólo eran los pensamientos los que resonaban sin sonido en sus cabezas. Al Sr. Coco casi se le podía adivinar lo que tramaba por sus gestos. Una idea tuvo que ser lanzada por la conciencia.

     -¿Quiere, usted entonces que meditemos un plan al respecto? Estoy dispuesto a todo amiga. Podría decirse que soy todo oídos si es que se trata de formar una revolución. Total, ya no tengo mucho que perder. Podría decir que casi nada. A la Sra. Sapo le brillaron los ojos…

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